El comercio electrónico argentino atraviesa una etapa de expansión que pone a prueba toda la cadena de distribución. Según el Estudio Anual de la Cámara Argentina de Comercio Electrónico (CACE), la facturación del sector creció un 181% en 2024, una cifra que se ubicó 64 puntos por encima de la inflación interanual y que confirma que el canal digital sigue ganando terreno incluso en un contexto económico complejo. Las órdenes de compra también aumentaron, y cada una de ellas termina en un mismo punto: la puerta de un cliente que espera su pedido rápido, completo y sin sobresaltos.
Ese último tramo, el que va desde el centro de distribución hasta el domicilio del comprador, es lo que en logística se conoce como última milla. Y es, paradójicamente, el más corto y el más caro de toda la cadena.
Por qué la última milla concentra el costo y la atención
Distintos estudios del sector coinciden en que la entrega de última milla puede representar entre el 50% y el 53% del costo total del envío, según recopila la escuela de negocios ESIC. La razón es estructural: mientras el transporte de larga distancia mueve grandes volúmenes de manera eficiente, la última milla implica llevar muchos paquetes individuales a muchos destinos distintos, en simultáneo, atravesando el tránsito urbano y lidiando con direcciones difíciles, ausencias del destinatario y reintentos de entrega.
En Argentina, donde el Área Metropolitana de Buenos Aires concentra una porción enorme de la actividad comercial, esta complejidad se multiplica. La congestión, las restricciones de circulación en zonas céntricas y la dispersión de los destinos convierten cada ruta en un rompecabezas. Para una empresa que vende en línea, fallar en este tramo significa perder dinero y, lo que es peor, perder al cliente: la experiencia de entrega es el momento de la verdad de toda la compra digital.
Lo que cambió en la mente del comprador
El crecimiento del e-commerce no solo elevó el volumen de envíos, también transformó las expectativas. El consumidor argentino ya no acepta plazos vagos ni entregas a ciegas. Quiere saber cuándo llegará su pedido, seguirlo en tiempo real y recibirlo en franjas que se ajusten a su rutina. Una entrega tardía o fallida se traduce en reclamos, en reseñas negativas y en clientes que no vuelven.
Para las empresas, esto implica que la logística dejó de ser un área de soporte para convertirse en parte del producto. Un buen servicio de logística ya no se mide solo por el costo por paquete, sino por su capacidad de cumplir promesas de entrega, de ofrecer visibilidad y de resolver incidencias antes de que se conviertan en problemas. La diferencia entre una marca que fideliza y una que pierde compradores se juega, cada vez más, en esa última cuadra.
Distribución urbana: el corazón del problema
La distribución dentro de las ciudades plantea desafíos propios que no se resuelven con más camiones. El tránsito, las normativas ambientales en expansión, la dificultad para estacionar y la necesidad de hacer muchas paradas por ruta exigen un enfoque específico, distinto al de la logística de larga distancia.
Aquí es donde un operador especializado en distribución urbana marca la diferencia. La optimización de rutas, la agrupación inteligente de entregas por zona, la flexibilidad para adaptarse a los picos de demanda y la trazabilidad de cada envío son capacidades que una operación improvisada no puede ofrecer. La tecnología juega un papel central: planificar rutas que minimicen kilómetros y tiempos, anticipar incidencias y dar visibilidad al cliente final son hoy requisitos básicos, no diferenciales.
Las empresas que entienden esto buscan socios capaces de integrarse con sus plataformas de venta y de operar como una extensión natural de su negocio. Cabify Logistics se ubica en ese terreno, enfocado en la entrega de última milla y la distribución urbana, con seguimiento de los envíos y una operación pensada para la realidad de las ciudades argentinas.
La tecnología que ordena el caos urbano
Resolver la última milla en una ciudad como Buenos Aires no es cuestión de sumar vehículos, sino de planificar mejor. La optimización de rutas es el corazón del problema: agrupar entregas por proximidad, ordenar las paradas para recorrer la menor distancia posible y ajustar los recorridos en función del tránsito real reduce de forma directa el costo por paquete y los tiempos de entrega. Sin software de planificación, una operación de reparto urbano deja sobre la mesa una porción enorme de eficiencia.
A la planificación se suma la visibilidad. Que el cliente sepa en qué franja recibirá su pedido y pueda seguirlo disminuye los reintentos por ausencia, uno de los grandes generadores de sobrecostos en la última milla. Cada entrega fallida obliga a repetir un viaje, consume combustible y tiempo, y deteriora la experiencia. Anticipar y comunicar es, por tanto, una forma concreta de ahorrar.
Hacia una distribución urbana más sostenible
La presión ambiental sobre las ciudades argentinas irá en aumento, en línea con lo que ya ocurre en otras grandes urbes de la región y del mundo. Los centros de microdistribución cercanos a las zonas de consumo, la incorporación progresiva de vehículos de bajas emisiones y la consolidación de envíos para evitar viajes redundantes son tendencias que dejarán de ser opcionales.
Para las empresas, anticiparse a este escenario tiene una doble ventaja. Por un lado, una operación más eficiente y limpia reduce costos y mejora la imagen de marca ante consumidores cada vez más sensibles a la sostenibilidad. Por otro, evita quedar a contramano cuando las normativas urbanas se endurezcan. Apoyarse en un operador que ya trabaja con estos criterios convierte una obligación futura en una ventaja presente.
Qué deberían exigir las empresas
Ante un mercado en crecimiento y un consumidor más exigente, las tiendas online harían bien en evaluar a sus socios logísticos con criterios claros. La cobertura urbana efectiva, no solo declarada, es el primero: de poco sirve una tarifa baja si los plazos no se cumplen en las zonas donde están los clientes. La visibilidad en tiempo real es el segundo, tanto para la empresa como para el comprador. La capacidad de absorber picos de demanda, típicos en fechas comerciales fuertes, es el tercero. Y la integración tecnológica con las plataformas de venta, que evita la carga manual de datos y reduce errores, cierra la lista.
Conviene también formalizar estas exigencias. Acordar niveles de servicio claros, con plazos de entrega comprometidos, porcentajes mínimos de cumplimiento y mecanismos de respuesta ante incidencias, ordena la relación y protege a la empresa. Un acuerdo vago, basado solo en una tarifa, deja todo el riesgo del lado del vendedor cuando algo falla. En cambio, un marco con indicadores medibles permite saber si el operador cumple y actuar a tiempo si no lo hace. La última milla es demasiado importante para gestionarla sobre la base de la confianza informal: ponerla por escrito, con metas concretas, es parte de tratarla como lo que es, una pieza estratégica del negocio.
El e-commerce argentino seguirá creciendo, y con él la presión sobre la última milla. Las empresas que traten la entrega como una pieza estratégica, y no como un costo a recortar a cualquier precio, serán las que conviertan ese crecimiento en clientes que repiten. En un mercado donde captar un comprador es caro, conservarlo a través de una entrega impecable es, probablemente, la inversión más rentable.
